Me preguntó por qué reía, si el dolor era tan profundo. ¿Cómo explicarle ese vacío que me desarma en un segundo? Creyó encontrar en mi sonrisa el placer de hacer sufrir, sin ver que era una cornisa de la que intentaba no caer ni partir. Yo no disfruto las heridas que provoco sin querer; son las palabras, ya vencidas, las que no saben aparecer. Me dijo: "Hay algo que escondés, algo que no querés contar". Y yo pensé: "Tal vez, pero no lo puedo nombrar". Porque hay dolores sin idioma, que no conocen explicación; solo hacen nido en la memoria y aprietan fuerte el corazón. También dudó de mi deseo, de si quería mejorar. Y yo callé, porque no creo que ella me pudiera escuchar. Sí quiero vivir... lo prometo, pero no vivir así. Quiero encontrar algún secreto que vuelva la luz a mí. No busco el fin de mi camino, busco descanso del temor. Que alguien me mire sin destino, sin confundirme con mi dolor. Si alguna vez vuelvo a sonreír mientras mi pecho se desarma, no piensen que elegí herir: es mi tristeza buscando calma. Porque a veces la boca ríe cuando el alma quiere llorar, y quien por dentro se despide ya no sabe cómo hablar.